El Don de la Muerta - Foto de portada

El don de la muerte

“Te contaré un secreto, algo que no se enseña en tu templo, los dioses nos envidian. Nos envidian porque somos mortales, porque cada instante nuestro podría ser el último, todo es más hermoso porque hay un final, nunca serás más hermosa de lo que eres ahora, nunca volveremos a estar aquí…  ”

Esta reflexión la pronuncia Brad Pitt interpretando al mítico guerrero Aquiles, durante la guerra contra los Troyanos.

Dejando a un lado los fines obviamente altruistas y nada interesados del mítico guerrero invencible, quién pronuncia dicha frase mirando a los ojos a la joven en cuestión bajo el crepitar del fuego en la calma que precede a la batalla, el concepto Don de la Muerte, es sobre el que versará el presente texto.

Es uno de los temas universalmente más tratados. Fuente de angustia y desesperación. Terra incógnita.

Para empezar, no todos tenemos la misma concepción de ella. Para mí, significa dejar de existir. Dicho de otro modo, significa que nuestra conciencia se apague, para siempre. Conlleva entender que los impulsos eléctricos que se mueven por nuestro cerebro y nos hacen percibir la realidad, algún día dejarán de funcionar y no habrá más “yo”. Al nacer, a todos se nos entrega un boleto con fecha de caducidad, la vida. Es ese carácter inevitable, rotundo e irrevocable lo que ha angustiado a los hombres desde el principio de los tiempos.

Para responder a este temor tan desbordante, la mente humana necesita ciertos mecanismos. Y es aquí donde entra en escena la religión.

Una de las cosas que más me interesa sobre ellas, es precisamente como abordan la eterna pregunta. ¿Qué hay después de la muerte? 

El cristianismo ofrece una respuesta simple, por decirlo así. Nuestra conciencia pervive. Yendo a cualquiera de los 3 posibles destinos ofertados por nuestro señor Jesucristo, Infierno, Cielo o Purgatorio, nuestra alma se mantiene intacta.

Vemos por tanto que a razón de los postulados cristianos, su muerte no es la misma que la mía.

¿Que ofrecerán aquellos monjes tan contemplativos, ataviados con vestidos cómodos y llamativos, en la otra parte del planeta? Analicemos pues, la muerte para los budistas. Es un poco más complicada aquí, ya que entra en juego la reencarnación.

Para entenderla bien, hace falta conocer la distinción que hacen sobre la conciencia. El budismo habla de más de una.

Primero está la conciencia vulgar, es la del día a día, la que te hace recordar quien eres y te posiciona en el mundo.

Después, encontramos la conciencia sutil. Sirve como conductor de los 5 sentidos hacia la conciencia muy sutil. La primera tiene un el sentido de “yo” y “tú”. La segunda no, no dualidad.

Es esta conciencia muy sutil la que se reencarna. Comparan el proceso Vida-Muerte-Reencarnación con la metáfora del sueño. Al igual que nuestra conciencia vuelve a nosotros cada mañana al despertarnos, en la reencarnación es la conciencia muy sutil la que se “despierta” en otro cuerpo.

Así pues, el budismo entiende la conciencia como un continuum que no puede dejar de existir en su forma más sutil por que básicamente no tiene principio.

Paradójicamente, si lo que enfrentas es el miedo a la muerte, no importa lo que haya al final. La opción fácil es creer que hay algo a continuación. Si aciertas, bingo. Si fallas, has aprovechado ese boleto que un día te fue dado de la mejor manera posible, disfrutando del recorrido.

Desearía poder creer en alguna de estas teorías, pero no puedo. Viviría más feliz pensando que no hay un final. Pero mi razonamiento intrínseco ya tomó una decisión hace mucho tiempo. No porque una explicación sea conveniente es verdadera.

Solo me queda, por tanto, una alternativa. Darle la vuelta a la tortilla. Aceptarla. Verla con los ojos de José Saramago en su libro “Las intermitencia de la muerte”. Verla como necesaria. Como catalizador de emociones. Como herramienta para afrontar la vida. Al final, somos mortales, cada instante nuestro podría ser el último. ¡Hagamos que cuente!


Artículo escrito por Enrique Quetglas

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