Insuficiencia venal - Foto de portada de la prosa poética donde se ve un hombre justo al salir de una puerta.

Insuficiencia venal

Al aire azotaba tan fuerte las ventanas que parecía que fuesen de terciopelo. Aparecía en el horizonte, sin recelo alguno, la velocidad insospechada de saberse absolutamente maldito. Había llegado hasta el Dorado y no adivinaba a pensar en un tesoro. Pareciera como que estar solo era igual que mirarse en el espejo de la inocencia.

Justo dos pasos más adelante de la alfombrilla de la casa recordó su medicina. Esa antaño prohibida que ahora le hacía poder vivir y luchar sin miedo. Aunque no menos cierto era que no tenía remedio, el llamar hogar a lo que hasta el último ente de la tierra nombraría como asedio. ¡Decidido! Saldría a buscar lo que ya había perdido y había encontrado. Lo que quería cuando dejó de ser soldado. Aquello que le llevó a esa guerra. Objeto que dejó sin dueña a su adiós: el amor.

1607 pasos después comprendió que 94 veces había perdido la sutileza de la caricia en su pelo azabache. Sin saber porque, comprendió que la hache nunca se pronuncia y la doble consonante se refuerza. Se detuvo al filo de su torpeza. Donde empieza el subconsciente y se activa la recóndita memoria. Saludó a la pasión de lejos y cuchicheó un tanto con la tristeza. Sabía muy bien que, sin quererlo, había entrado en el oscurantismo de la mentira. En el buenismo de la maldad y en soliloquio de la soledad. Era el momento jamás esperado, el siempre imaginado, el justamente delegado.

Llegó al cofre y sin fuerza alguna levantó una cubierta demasiado pesada para su contenido: una llave. La misma que sabía que podía girar suave para visitar a su vieja amiga con y sin razón. Se abrió la puerta. Pasos lentos. Corazón rápido. Mente en pausa. Mirada en reanudación.

«Siéntate», bienvenido a la incomprensión.


Escrito de Julián Fernández Ortiz (@jotadoce_)

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