Imagen de portada del microrelato "Tan capaz que no pudo". Se ve el discurso de un río.

Tan capaz que no pudo

Hoy me siento capaz y libre de reírme de mí mismo al recordarte en mi costumbre. No sé si sabías que irme de dulce podría ser lo más amargo de tu vida. En cualquier caso, en lo más alto de la encina se posó aquel grajo. Entre tu orgullo y mi miedo. Debajo mismo de la paciencia del nido. De la caída del vestido de tu inocencia, llegó la inexorable herencia que dejó el culpable. Sentenciado para ser visto. Listo para ser juzgado.

Caída la última rama en el bajo vuelo, comenzó a llover tenuemente. No suelo ser el que recuerde la forma de los charcos, pero sé que había uno con tu mirada. Era frío, vibraba, agua muy clara. Continuó su dificultoso planeo hasta el río. Recorrió el devaneo de todos los meandros siguiendo el curso del agua hasta que se quedó sin pulso. Su rauda reacción uniendo pedazos le hizo saber dónde aterrizar. Parecía un avión amerizado.

En aquella pequeña poza se quedó flotando sin sed. La red extensa tejida por la sinuosa araña que miraba sin quietud, se rompió al oírte. No es por maña sino por escasa virtud que decidí diluirme en tu cuchara rasa. En tu receta sin ingredientes, en tu recipiente sin colmo y en el aplomo de tu horno. Cuando el agua lo arrastró a la orilla y pudo tocar la tierra se alzó sobre sus enclenques patas. Supo que pasó por algo y que sus erratas eran inherentes.

Mirando al cielo pudo entonar su canto. Recordé que lo tuyo no es llorar, lo tuyo es hilvanar mi llanto.


Autor: Julián Fernández Ortiz (@jotadoce_)
Imagen extraída de El Confidencial. 

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